Ngasundiera Naxín

Por Alfredo López Austin

El título “Ngasundiera Naxín – El mundo de Naxín” ha de responder al contenido de esta exposición. Los cuadros han de guiar al público hacia los procesos particulares de un artista al enfrentarse a la circunstancialidad de su existencia, a la materia sobre la que actúa, a su acción y a sí mismo. El espectador ha de iniciar la marcha para articular emociones y razones que en él despierten una diversidad de formas de expresión luminosa.

El recorrido tal vez desconcierte al observador cuando encuentre los fuertes contrastes a los que Naxín ha recurrido para mostrar su mundo. Muchos de sus cuadros reflejan el desesperante tema de la realidad pesada, densa y trágica de nuestro país; otros en cambio, son muestra de esperanza, de acción posible, de juego de azar que se desborda en brillos, en colores, en formas juguetonas. Es un repertorio que invita a la búsqueda de su orden. Alguna vez Naxín habló de su preferencia por la creatividad noctámbula. La nocturnidad no siempre es tenebrosa. Por el contrario, suele ser el corte transitorio del contorno que constriñe. La noche es el tiempo-espacio de liberación momentánea que permite reducir el entorno personal para hacerlo más íntimo.

Tal contexto de privacidad explica la actividad lúdica que reflejan muchos de los cuadros de Naxín. Él también habló en más de una ocasión de su vida de estudiante,

cuando la Academia le exigía un ejercicio escolar difícilmente costeable con sus escasos sueldos como cajero, carnicero, vigilante… Dice Naxín que con frecuencia tuvo que recurrir al reuso de sobrantes en sus actividades laborales, incluidos el papel o el cartón de las cajas usadas que reciclaba para transformarlas en soportes de sus tareas.

Las manchas de sangre —cuenta— dejaban de ser mugre para volverse significantes.

El mundo de Naxín

“Cuando ingresé a la universidad quedé maravillado, todo fue sorprendente. Tome asignaturas de geometría aplicada al arte, historia, antropología, sociología e incluso pedagogía. Ingenuamente pensé que únicamente me iba a sentar frente al caballete a pintar. El 80 por ciento de clases resultaron teóricas y el resto era práctica. Las sesiones que más disfrutaba eran las relacionadas con los talleres de pintura y grabado, por lo que me olvidaba de las corrientes y teorías. Al inicio mis calificaciones eran bajas, pero poco a poco fui elevando mi rendimiento escolar. Incorporé materiales muy baratos, como el papel destraza con el que armé mi bloc de dibujo. Al final varios compañeros lo comenzaron a utilizar, gracias a que se prestaba muy bien para trabajar”.

Durante su estancia en la Facultad de Bellas Artes, comienza a experimentar con la técnica del collage, apropiándose de los materiales originales, dotándolos de un nuevo sentido e interpretación. De manera paralela trabaja lo figurativo. Sin embargo, a mitad de la carrera rompe con todo lo que venía trabajando y da paso a una nueva etapa, donde surgen estos personajes fantásticos que habitan en el imaginario colectivo de los pueblos originarios.

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“El mundo de Naxín” es tan dinámico como su vida.

En cada etapa ha debido elegir su propio papel, sus propias cargas, y ha encontrado que la diversidad del actuar responsable en el mundo requiere de formas específicas de expresión. Ante
nuevas experiencias; ante la progresiva adquisición de recursos técnicos; en el diálogo con diferentes destinatarios, responde con nuevas formas de comunicación, las que ha juzgado más eficaces, sin perder el eje original identitario, sus principios éticos, su conciencia de participación responsable. La díada unidad/diversidad de su obra puede tomarse como una autobiografía no narrada.

“El mundo de Naxín” es tan dinámico como su vida. Los fuertes cambios han cimbrado a un hombre que ha sabido responder a las transformaciones
sin perder identidad ni metas. Ha adaptado su obra a cada etapa. Ha creado una lengua simbólica capaz de llenar la gama de discursos con los que asume su posición en su mundo vivido, en su mundo creado

Filogonio Naxín

Artista Oaxaqueño

Filogonio Naxín

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“Cuando ingresé a la universidad quedé maravillado, todo fue sorprendente. Tome asignaturas de geometría aplicada al arte, historia, antropología, sociología e incluso pedagogía. Ingenuamente pensé que únicamente me iba a sentar frente al caballete a pintar. El 80 por ciento de clases resultaron teóricas y el resto era práctica. Las sesiones que más disfrutaba eran las relacionadas con los talleres de pintura y grabado, por lo que me olvidaba de las corrientes y teorías. Al inicio mis calificaciones eran bajas, pero poco a poco fui elevando mi rendimiento escolar. Incorporé materiales muy baratos, como el papel destraza con el que armé mi bloc de dibujo. Al final varios compañeros lo comenzaron a utilizar, gracias a que se prestaba muy bien para trabajar”.

Durante su estancia en la Facultad de Bellas Artes, comienza a experimentar con la técnica del collage, apropiándose de los materiales originales, dotándolos de un nuevo sentido e interpretación. De manera paralela trabaja lo figurativo. Sin embargo, a mitad de la carrera rompe con todo lo que venía trabajando y da paso a una nueva etapa, donde surgen estos personajes fantásticos que habitan en el imaginario colectivo de los pueblos originarios.

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